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Consagrar nuestra vida a María, es un medio privilegiado para encontrar a Jesucristo y amarlo tiernamente. Es un don total de si mismo, para la vida y la eternidad. Todos los santos tuvieron una gran devoción a la Virgen, desde San Juan que la acogió en su casa tras la muerte de Jesús, hasta los santos de nuestro tiempo. Juan-Pablo II, cuyo lema era “Totus tuus”, rezaba el rosario silenciosamente, en todo tiempo y lugar. "Soy la sierva del Señor hágase en mi según tu palabra". Eh aquí el lema de María. Ella nos conduce a Dios, invitándonos a la penitencia, a orar para los pecadores, a convertirnos para que el reino de Dios, que es el del Amor, pueda extenderse en el mundo. Consagrándonos a ella, entramos en el “Sí” de María. Ahí esta la verdadera libertad… El Espíritu de esta consagración es volver un alma dependiente del amor a la Santísima Virgen, y a través de ella al mismo Jesús. Consagrarse a María, solo tiene sentido en la medida que ella nos lleva hacia Cristo y nos ayuda a vivir nuestra vocación en el mundo. San Luis María Grignont de Monfort (1673-1716), aquel gran santo mariano, nos dejó una oración de consagración que los miembros de la Comunidad del Emmanuel han adoptado, rezándola cada día. Consagración a MariaTe escojo hoy, ¡oh, Maria!en presencia de toda la corte celestial por Madre y Reina mía. te entrego y consagro con toda sumisión y amor, mi cuerpo y mi alma mis bienes interiores y exteriores y hasta el valor de mis buenas acciones presentes, pasadas y futuras. Dejándote entero y pleno derecho de disponer de mí y de todo cuanto me pertenece sin excepción, según tu agrado para mayor gloria de Dios en el tiempo y la eternidad. Amen |
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