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Estas experiencias de trabajo entre los más pobres y olvidados de nuestra sociedad han tocado
(y ciertamente cambiado) la vida de las personas que generosamente han ofrecido su tiempo y energías
en pro de la construcción de un mundo más justo y más humano. Aquí algunos de sus testimonios:
Marie-Pia
“Paolo (de Martiis) nos ha conducido enseguida a San Francisco para descubrir el
otro centro de la Fundación (de la Santa Cruz). El pueblo está situado a unos 70
kilómetros de Bogotá; nos fuimos en una camioneta de la fundación. Descendimos
progresivamente a los 1500 m. de altitud: la vegetación es frondosa, llena de
palmeras, cafetos y flores exóticas. ¡Una verdadera jungla!. Llegamos luego al
centro, que acoge todo el tiempo una cincuentena de niños maltratados que han
sido apartados de sus familias. La pareja responsable, Ana y Víctor nos enseña
el centro. Una paz tranquila y familiar reina en este sitio espléndido: los
niños me parecen más tranquilos que aquellos del Comedor (de Santa Cecilia),
donde la agresividad está siempre presente.
Estaré con los niños de San Francisco una vez por semana, para trabajar con ellos
especialmente en sesiones individuales”. (Marie-Pia Canu, diciembre de
2005)
Augustín
“A través de mi ventana veo a una niñita de no más de cuatro años reciclar, entre
la basura, con sus papás... ¡mi basura!. La veo desplazarse entre las bolsas de
inmundicias, sopesar cada desecho, sacudir cerca de su oreja cada bolsa para
percibir un eventual tintineo de una riqueza abandonada. La noche cae; la gente
sigue su camino sin percatarse de este pequeño ser perdido en medio de la
hediondez y la inmundicia. Y ella recicla. Todo aquello que yo consideraba como
“de botar”, inútil, sin valor, ella lo descubre y lo hace su tesoro, su
alimento, su juguete y tal vez su abrigo. ¿Es eso normal?. ¿Una tal humillación
es aceptable? Y después de todo, ¿la humillación no es más importante para mi,
niño consentido que desperdicia sin ningún complejo?. La misión me invita desde
ya a reflexionar sobre todo aquello que es superfluo en mi vida...” (Agustín
Canu, diciembre de 2005).
Clémence
"Durante estas primeras semanas hemos estado presentes especialmente en el
CAMIG, el centro encargado de acoger los desplazados que vienen de arribar a
Bogotá. Allí se acoge unos 1300 desplazados cada mes. Hemos acompañado a otros
voluntarios cuyo primer trabajo consiste en acoger los desplazados, escucharlos,
comprender sus historias, identificar sus necesidades y orientarlos.
Es una tarea apasionante y difícil que nos ayuda a entrar plenamente en nuestras
misiones a percibir poco a poco aquello que las personas en situación de
desplazamiento forzado deben afrontar. Es difícil de captar todo aquello que
puede sentir un hombre o una mujer que en el curso de 48 horas han perdido a un
miembro de su familia y todo aquello que el o ella poseía. Las historias son
impactantes, dolorosas, duras. Tomar el tiempo de escuchar, de escuchar, de
compartir, de comprender, son las principales cualidades que se piden a todos
los voluntarios en esta misión. Sonreír, tomar de la mano, abrazar... puede
medirse aquí la fuerza de esos gestos. Después de haber pasado lo peor, después
de haber sido humillados y maltratados, es en un lugar como el CAMIG que muchas
personas desplazadas pueden simplemente descargar toda la presión que llevan
consigo. Por primera vez en mucho tiempo ellos encuentra un poco de esperanza y
de alegría”. (Clémence Paniatowski, diciembre de 2006).
Sebastien
"Debemos compartir con ustedes la manera increíble como hemos sido acogidos por
los colombianos (…) Todos, con una gran simplicidad y mucha gentileza,
curiosidad y apertura, se han asegurado que nuestra llegada se haga en las
mejores condiciones posibles. Nos han tocado mucho estos signos de amistad, de
estima y de generosidad que dan honor a los colombianos” (Sebastien Paniatowsk,
diciembre de 2006).
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